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Militares españoles destinados a labores de seguridad o de auxilio a la población en zonas de conflicto explican a LA RAZÓN sus experiencias, los recursos para sobrellevar la lejanía del hogar y cómo se ganan el cariño de los civiles
Javier López
Lo más importante, después de una guerra, son los niños. Y en las misiones humanitarias, la comida y el agua se mezclan con juguetes y cuadernos entre los suministros que les llegan a las tropas
Madrid- Hace calor, mucho calor. El sudor resbala incesantemente por el rostro, la única parte del cuerpo que no está cubierta por el uniforme de campaña. Pero el calor es una sensación más placentera que la inseguridad que supondría desprenderse del pesado chaleco antibalas. Bajar la ventanilla tampoco es aconsejable, por lo menos en esta zona, donde el riesgo de recibir una granada de mano late en cualquier parte del escarpado camino. Sensaciones que se repiten, con mayor o menor frecuencia, entre los militares consultados por LA RAZÓN destinados a zonas de conflicto en misiones de seguridad o ayuda humanitaria. Sensaciones como la de un soldado destinado en Kabul, donde «hacía 35 grados, y dices que agradable, porque es la temperatura normal a las ocho de la mañana».
Y las necesidades, tanto en Kabul como en Serbia, son siempre las mismas, pues la guerra no atiende a «banalidades» culturales. Lo fundamental, «comida, agua, los niños... Todo el mundo se preocupa por los niños. Todo lo hacen por los niños». Aunque nada es desdeñable, ojalá fuese el único problema en estos lugares, donde «el instinto de supervivencia es lo que prima. Eres tú, tu familia y tus amigos, y parece que el resto son tus enemigos. Que lo demás no vale nada. En guerras así parece que la vida no tiene valor. Vienes de España con tus conceptos de amistad, de nación... Y parece que entras en la Edad Media, donde no hay valor por la vida para ellos». La misma impresión que supone ver, «que el pueblo está lleno de minas». Y no hay ningún rastro que vaticine dónde están colocadas. «Cuando había una zona por la que han pasado dos bandos cada uno ha dejado recuerdos para que, cuando pase el otro, se encuentre una sorpresa».
Sin embargo, las guerras en Oriente Medio no impiden a los soldados españoles romper radicalmente con sus hábitos de vida. No renunciar, por ejemplo, al placer que supone tomarse una cerveza, aunque «en el día libre no hay opción, por las medidas de seguridad y las amenazas de terroristas, de irse a tomar algo a los bares de Kabul». Así que el bar se monta en el campamento. La misma acción de irse de compras también cambia un poco, ya que «organizas mercadillos en el propio campamento. Te venían a la puerta y hacían intercambios con la población quien no podía salir del cuartel». A fin de cuentas, a menudo hay sitio para la hospitalidad en detrimento de la hostilidad, donde «siempre que pueden te intentan invitar a un té, pero corres el riesgo de cogerte una diarrea. Si no estás acostumbrado al agua de allí, son un laxante total».
Recuperar los colegios. Casi siempre, la misión del militar español en operaciones humanitarias hace que se involucre en mayor medida de lo debido, sobre todo en el contacto con la población. «Hay mucha vocación de recuperar los colegios, para que los niños salgan de la inercia de ver siempre a sus padres con armas. De ver como han robado el tendido eléctrico montado por una ONG. De ver la guerra toda su vida. Depende del barrio de Kabul, ya que hay algunos sitios donde la guerra acabó hace tiempo y en otros donde terminó ayer». Y esa dedicación la aprecian los lugareños, sobre todo cuando hay atentados contra las tropas humanitarias. «La gente no te mira diciendo que eres el enemigo, sino intentando explicarte que no han sido ellos».
Los familiares de los fallecidos velaron ayer los cuerpos de los militares en el Hospital Gómez Ulla de Madrid En cada una de las 17 salas había un féretro cubierto por la bandera de España
Javier López
Numerosos medios de comunicación acudieron ayer a la entrada del Hospital Gómez Ulla
Madrid- Silencio. El dolor se ha encerrado entre cuatro paredes. La resignación vierte lágrimas cada vez que alguien llega a la habitación donde reposa a quien alguna vez había visto reir. Coexisten 17 formas de entender el dolor, y 17 formas de tragarse un sabor que pocas veces había resultado tan amargo. Las paredes color verde pistacho parece que lloran, porque sus finos tabiques no ahogan los quejidos de una habitación a otra. En el hospital Gómez Ulla la resignación descansa acompañada por las dudas, dudas ante una hipótesis que se mezcla entre la oficialidad y los rumores. Dudas que no levantan las poses cabizbajas y sollozantes coronadas por ojos enrojecidos ante la impotencia. El dolor ha pulsado el botón del ascensor y ha parado en la sexta planta del hospital militar, allá donde velan a los caídos, allá donde la vida sólo existe fuera del pasillo que comunica a las 17 habitaciones.
Y afuera, reina el silencio. En el exterior parece que no pasa nada, si no fuera por los numerosos controles que la Policía Militar ha dispensado por los rincones del recinto del Gómez Ulla, o por las cámaras de los medios de comunicación apostadas en la entrada a la espera de registrar cualquier muestra de dolor. Pero las lágrimas están dentro. En la sexta planta. En el pasillo se arremolinan familiares, amigos, algunos vestidos de civil, otros con el uniforme de servicio. Pero ahí no caben saludos militares. Se tragan el dolor en silencio. La sargento Susana Pérez sale de la habitación donde reposan los restos de su marido. Aún no se ha quitado el uniforme de campaña, todo eso es secundario. No se quita las gafas marrones para que nadie la vea llorar. Pero está rota. Se mueve de un lado para otro, del velatorio a una salita repleta del humo donde las caras se miran las unas a las otras en silencio. «Vamos a morir aquí del calor, joder». Pero Susana no se queda en la sala después de apagar su cigarrillo. Quiere despedirse de su marido, sola, desoyendo los consejos de quienes la acompañan y desembarazándose de las manos que le piden quedarse con ellos un rato más. Es fuerte. Pero cualquier educación militar no prepara para esto. Cada una de las 17 habitaciones están presididas por una caja de madera, cubierta por la bandera de España y sitiada por dos lámparas en forma de vela, una a cada lado. Vigilan miradas húmedas y tristes. No hay rincón que no sujete una corona de flores. El silencio se rompe cuando alguien ve el ataúd por primera vez. Y los abrazos no tienen fuerza para dar ánimos, insuficientes en todo caso. Los murmullos en el pasillo callan cuando un familiar se desahoga abrazando al conocido que permanece en el marco de la puerta del velatorio. Aquí no caben las sonrisas, ni los pésames de los políticos. Aquí, en la sexta planta, tienen su propia «guerra».
Mientras, las armas que portan los controles en el Gómez Ulla están a media asta. El papel oficial que explique las causas de la caída del helicóptero no va a secar el rostro para los que han permanecido toda la noche para despedirse de su hijo, amigo o hermano. Hoy, en el entierro, puede que algunos no lloren. Pero no será porque no quieran, sino porque ya no les quedan lágrimas para llorar a los que han encontrado la muerte buscando la paz en Afganistán.
Llega el momento
de hacer balance.
De cerrar
cuentas y de terminar las
últimas obligaciones,
salvar los últimos escollos
en el trabajo o preparar la
avanzada final entre los
conceptos y las
definiciones plasmadas en
los libros, antes de
cogerse el tan merecido y
deseado respiro
vacacional. De coger
nuestro vehículo y
cerciorarse de que en la
carretera los minutos no
tienen valor, que correr es
un atentado a nuestra
integridad porque
tenemos tiempo de sobra
para disfrutar de nuestras
vacaciones.
Es el momento de recibir
a la calma. De olvidarse
de los parquímetros y de
los problemas de
aparcamientos. De saber
que el atasco que
encontraremos en el
camino a nuestro retiro
no acabará con nuestras
vacaciones, y que la
paciencia se alza como la
virtud que fortalece la
delgada línea entre la
calma y el desastre. Las
estadísticas de
siniestralidad en las
carreteras están para
romperlas, siempre hacia
abajo.
Olvidarse, cómo no, de
las carreras y la
competición. Las
carreteras no cuentan con
las protecciones de los
circuitos, ni nuestro
vehículo con los ajustes
de la competición, al igual
que nuestras
capacidades. Dejemos las
carreras para los
profesionales, pues son
los primeros que nos
aconsejan en la
prudencia, y en evitar que
la potencialidad del
accidente llegue a
manifestarse en acto.
Acto que se repite cada
fin de semana con una
media de 30 muertos. No
es para tomarselo a
broma, pues el “yo
controlo” es una somera
estupidez del incapacitado
ignorante.
Levantar el pie del pedal,
o relajar la mano del
manillar, nos dará minutos
de vida, no los quitarán.
¿Con cuántos ramos de
flores debemos cruzarnos
en los puntos negros para
cerciorarnos de nuestra
debilidad? Las
sensaciones de
sobrepasar nuestras
posibilidades al volante se
olvidan al día siguiente. El
fantasma de llevar una
muerte a nuestras
espaldas, nunca.

